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Qué ver en... Belfast (Irlanda del Norte). 10 visitas imprescindibles

Los vuelos baratos de AerLingus y EasyJet han convertido a Belfast en un destino cada vez más frecuentado por los españoles. Nosotros estuvimos hace dos años exactos haciendo un pequeño recorrido desde Dublín. Es una ciudad pequeña pero, como sabéis, con mucha historia. Aquí os lanzo mi habitual lista de recomendaciones. Os sugiero, además, echarle un vistazo a esta mini-guía en pdf de la Oficina de Turismo de Belfast.
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1. Ayuntamiento. De estilo eduardiano, el City Hall es quizá el edificio más conocido y representativo de la ciudad. Fue construido en 1906 para celebrar el nombramiento de Belfast como Ciudad por parte de la Reina Victoria en 1888. Destacan sus torres, su cúpula de 53m y su entorno ajardinado. Consultar horarios de visitas guiadas gratuitas. Anexa al edificio, los pequeños podrán disfrutar de la enorme Belfast Wheel.
2. Queen's University Belfast. La vieja "Queen's", construida en 1848, abrió sus puertas en 1849 y desde entonces ha visto pasar a miles de estudiantes por sus aulas (como Liam Neeson, por ejemplo). Destaca su edificio central "Lanyon Building", diseñado por Sir Charles Lanyon en estilo victoriano.
3. Castillo de Belfast. Custodiando la ciudad desde Cave Hill, este coqueto castillo de finales del s.XIX también fue diseñado por Lanyon y hoy es un centro privado donde se celebran banquetes, bodas, reuniones, grandes eventos, etc. Merecen la pena las vistas y el entorno. Web oficial.
4. Murales del Barrio Católico y del Barrio Protestante. Aunque el Conflicto de Irlanda del Norte (the Troubles) se dio por finiquitado con el proceso de paz iniciado en 1998 con el Acuerdo de Viernes Santo, lo cierto es que hasta hace bien poco aún se han vivido los últimos coletazos de la violencia (2 muertos en marzo de 2009) y las diferencias entre católicos republicanos y protestantes unionistas siguen siendo palpables. No es un tema que se pueda tratar a la ligera. Son visitas que deben hacerse con el máximo respeto y cierta prudencia. En el Barrio Católico (estructurado entorno a Falls Road) podemos encontrar la sede del Sinn Féin y decenas de murales y otros homenajes en favor del IRA, de Irlanda, de las víctimas de la huelga de hambre, Ikurriñas, Esteladas, etc. (recomendable, por otra parte, la Catedral San Pedro). En el Barrio Protestante (cuya calle central es Shankill Road) los murales apoyan la unión del Ulster, hay banderas del Reino Unido, proclamas a favor de la Corona, de los grupos paramilitares UDA y UVF, etc. El llamado "Taxi negro" (varias empresas ofrecen el servicio) hace la visita por los lugares más emblemáticos y es una opción muy popular para ver los murales y conocer la historia del Belfast de la mano del taxista-guía. Hay que asegurarse, no obstante, de que nuestro taxi nos dará una visión completa del asunto. En la Oficina de Turismo, por ejemplo, la persona que nos atendió nunca nombró la posibilidad de ver los Murales del Barrio Protestante. Es más, hay gente que desconoce su existencia y piensa que todos los murales de Belfast están en el Barrio Católico.
5. Astilleros Harland and Wolff. Quizá este nombre no os diga nada de entrada, pero fue aquí donde se construyó el archifamoso RMS Titanic, el barco más lujoso y grande de su época (cuyo triste final conocemos de sobras). En 2012 se conmemoran los 100 años de su hundimiento, pero durante 2011 muchas exposiciones ya recordarán los 100 años desde su construcción. En la zona del puerto, por cierto, es típica la fotografía al Big Fish (un pez de cerámica de más de 10 metros de largo) y, al parecer, se está construyendo el Titanic Quarter.
6. Excursión a la Calzada del Gigante. Belfast tiene sus atractivos, pero si tenemos poco tiempo esta excursión es todo un clásico. El inconfudible paisaje de la Giant's Causeway, al norte del país, es Patrimonio de la Humanidad y muchas agencias ofrecen sus excursiones en bus, que suelen salir desde el Belfast Welcome Centre y que se complementan con la visita al puente colgante de Carrick-a-Rede (en temporada), el Castillo Dunluce (encaramado en las rocas), alguna vieja destilería de whisky y la ciudad de Derry (o Londonderry, según quién lo diga).
6. Museo del Ulster. El Ulster Museum es el museo más grande de Irlanda del Norte. Situado junto a los coquetos Jardines Botánicos, abrió sus puertas en 1833 y hoy exhibe diversas colecciones que van desde la arqueología hasta la botánica, pasando por la pintura, historia, etc. Entrada gratuita. Consulta horarios.
7. Catedral de Santa Ana. Más conocida como la Catedral de Belfast, esta pequeña catedral anglicana cuenta con algo más de un siglo de historia. Destacan los mosaicos de su interior. Web oficial.
8. Albert Memorial Clock. Este sencillo torreón, mezcla de estilos góticos, fue eregido en 1869 en memoria del Príncipe Consorte del Reino Unido. Destacan su reloj, la estatua del príncipe y el campanario. Sus casi 40 metros de alto lo hacen visible desde numerosos puntos de la ciudad.
9. Ulster Folk and Transport Museum. Probablemente el museo más atractivo de la ciudad. Contiene una importante muestra relacionada con las costumbres y tradiciones de la región en los últimos siglos, destacando su prominente colección de transportes tradicionales (desde carretas hasta locomotoras). Horarios y precios.
10. Grand Opera House. El llamativo edificio de la Ópera de Belfast, de estilo oriental, fue construido en 1895 y ha sobrevivido a guerras y bombas hasta hoy. Tiene capacidad para más de 1000 personas. Web oficial. En las inmediaciones podemos visitar el Crown Liquor Saloon, el pub más famoso y añejo de la ciudad. Y el más bonito del mundo según su propia publicidad.

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La Calzada del Gigante

Cuenta la leyenda que entre los gigantes Finn McCool, de Irlanda, y Benandonner, de Escocia, había una gran rivalidad, aunque nunca se habían visto. El gran guerrero Fin McCool fue el primero en dar un paso para solucionar la disputa y construyó un camino en el mar para cruzar al otro lado y pelear con el gigante escocés: La Calzada del Gigante.
Cuando el camino estuvo por fin preparado, el gigante McCool fue al encuentro de Benandonner dispuesto a hacerle pedazos, pero el guerrero irlandés no contaba con el enorme tamaño de éste. McCool, antes de ser visto, huyó hacia Irlanda y pidió ayuda a su mujer Oonagh. Una versión más amable con la reputación del gigante irlandés dice que nunca fue a buscarle, sino que se quedó dormido el día de la batalla. En cualquier caso, el gigantón Benandonner, viendo que no llegaba, fue a por él aprovechando el camino que había creado.
Fue Oonagh quien tuvo la brillante idea de disfrazar a su marido con ropa de bebé. Cuando Benandonner llegó a casa de McCool pidiendo que saliera a luchar, la mujer del irlandés le dijo que no estaba y le hizo pasar a casa para demostrárselo. Benandonner, al ver las proporciones del supuesto bebé de los McCool, pensó que si la criatura era así de grande el padre debía ser de un tamaño descomunal, así que huyó a toda prisa hacia Escocia destrozando a su paso la Calzada del Gigante. Es por eso que hoy sólo podemos contemplar una parte de aquel fabuloso camino.
No quiero ser yo quien le quite magia al cuento, pero una visión menos fantástica del asunto dice que estos 40.000 bloques de roca basáltica, de formas poligonales (sobre todo hexagonales), se formaron hace 60 millones de años a causa de una erupción volcánica. Hoy podemos visitar la Calzada del Gigante (o Calzada de los Gigantes, o Giant's Causeway), en la costa norte de Irlanda del Norte (valga la redundancia). La visita, desde Belfast, puede hacerse en un tour de unas 8 horas (por 18 libras) que también te descubre lugares como la histórica ciudad de Derry, el castillo de Dunluce o el famoso Carrick-a-rede Rope Bridge (un puente colgante entre dos acantilados que está abierto de marzo a noviembre). Por cierto, crean o no la leyenda, puedo asegurar que el gigante Benandonner se dejó una bota en su escapada.
Un relato de Pruden Rodríguez
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La noche en Belfast

Leíamos ayer que un atentado reivindicado por el IRA-Auténtico se cobraba la vida de dos personas. Los titulares se decantan por el escándalo mientras que Gordon Brown aseguraba que la paz es inquebrantable.

En enero tuve la ocasión, junto a mi pareja, de visitar Irlanda aprovechando los increíbles precios de AerLingus y de EasyJet. Viajamos a Dublín desde Barcelona y regresamos desde Belfast. No gastamos ni 70€ cada uno (precio definitivo contando ida y vuelta). Después de pasar unos días en la República de Irlanda nos adentramos en Irlanda del Norte con la intención de visitar la capital del Ulster, la Calzada del Gigante (Giant's Causeway) y Derry (o Londonderry).


En la oficina de turismo de Belfast tuvimos la suerte de coincidir con un empleado que conocía perfectamente el castellano y que nos informó ampliamente sobre el pasado y el presente de Belfast. Nos describió la ciudad como un sitio acogedor, pacífico y algo aburrido. Lo cierto es que él mismo estaba pensando en abandonar Belfast por segunda vez, después de que ya lo hiciera en los malos tiempos. El centro, que ya habíamos visto de pasada y que pudimos ver de camino al hostal, era en efecto un lugar tranquilo y sin demasiada vida. No vimos ni un vestigio de tiempos pasados. Ese Belfast, el Belfast de las dos caras -la protestante y la católica- habita más allá de Westilink, el cinturón que separa los barrios residenciales del núcleo urbano.

Dos calles, casi paralelas, simbolizan la separación entre unos y otros: Falls Road, del lado católico, y Shankill Road, del lado protestante. Católicos que ansían una Irlanda libre y protestantes que comulgan con el Reino Unido. Diez años sin atentados, hasta ayer, nos hacían pensar que no había nada que temer. Y seguramente no había nada que temer.

Por los azares del plan de viaje sólo pudimos adentrarnos en estos barrios dos veces, siempre de noche. No era ninguna sorpresa que aquellas calles estuvieran vacías a partir de las seis de la tarde. Es algo habitual en cualquier capital europea. Pero pasear por allí no era tan cómodo como hubiéramos deseado. Sin comercios a la vista, con calles mal iluminadas y bajo la amenazadora mirada de aquellas casitas residenciales, cada paso que nos alejábamos del centro estábamos un paso más intranquilos. Quizá eran los ecos del pasado, la falta de turistas -salvo aquellos que pagaban tours en taxi para poder ver los famosos murales políticos- o el simple desconocimiento, pero algo nos ponía nerviosos allí.


No tuvimos tiempo ni ánimo para conocer bien aquel escenario, pero es un lugar que merece la pena visitar. Espero y deseo que los recientes atentados no me den la razón, no justifiquen aquellla sensación de que en la noche de Belfast no todo estaba en calma. Prefiero pensar que esto es un incidente aislado y que, en realidad, aquel silencio que nos envolvía era sólo paz.

Un relato de Pruden Rodríguez
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